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100 años del hundimiento del Titanic

abril 15, 2012

Morgan Robertson, un escritor que predijo la tragedia del Titanic, 14 años antes

100 años del hundimiento del Titanic, publicación de  Nuestro Diario de Guatemala

100 años del hundimiento del Titanic, publicación de Nuestro Diario de Guatemala

Infografía de Prensa Libre sobre el hundimiento del Titanic

Infografía de Prensa Libre sobre el hundimiento del Titanic AMPLIAR

Periódicos guatemaltecos recuerdan el hundimiento del Titanic el 15 de abril de 1912. elPeriódico de Guatemala

Periódicos guatemaltecos recuerdan el hundimiento del Titanic el 15 de abril de 1912. elPeriódico de Guatemala

Futilidad o El hundimiento del Titán

Capítulo VII

Setenta y cinco toneladas de peso muerto atravesando la niebla a una media de quince metros por segundo chocaron con el iceberg. Si el impacto se hubiera producido sobre una pared perpendicular, la elasticidad y resistencia de las placas y de las cuadernas curvas hubieran soportado el choque sin más daño para los pasajeros que una fuerte sacudida y, para el barco, que el aplastamiento de sus amuras y la muerte de uno de los vigías en la parte inferior. El buque habría retrocedido y, con el mascarón ligeramente hundido, habría terminado el viaje reduciendo la velocidad para ser reparado con dinero del seguro y obtener a la postre grandes beneficios de la consiguiente publicidad sobre su indestructibilidad. Pero una especie de playa en la parte inferior del iceberg, formada posiblemente por un vuelco reciente de este, recibió el impacto del Titán. El barco, con su quilla cortando el hielo como la cuchilla de un trineo y apoyando todo el peso en la sentina, se fue elevando cada vez más sobre la superficie del mar hasta que las hélices de popa quedaron semiexpuestas. Entonces un montículo del iceberg lo golpeó bajo la armura de babor, y el barco, escorándose, perdió el equilibrio y volcó a estribor.

Los pernos que sujetaban las doce calderas y las tres máquinas de triple expansión no estaban diseñados para soportar esa carga en perpendicular y se partieron. A través de un revoltijo de escalerillas, tuercas y mamparos que se extendía de proa a popa, surgieron unas gigantescas masas de hierro y acero que perforaron los costados del barco, incluso allí donde estaba reforzado por sólido y resistente hielo, y llenaron las salas de máquinas y calderas de vapor hirviendo, lo que causó una muerte fulminante y dolorosa a los cien hombres que se encontraban en la sala de máquinas.

En medio del estruendo formado por el vapor al escaparse, del zumbido de las casi tres mil voces humanas que llegaba en forma de gritos y llamadas angustiadas desde el interior, y del aullido del viento a través de cientos de escotillas al ser expulsado por el agua que entraba por los agujeros del costado de estribor, el Titán retrocedió lentamente y se lanzó al mar, donde flotó inclinado sobre un costado, cual monstruo gimiente y moribundo.

Una montaña piramidal de sólido hielo quedó a estribor conforme el buque se elevaba y, sobresaliendo a lo largo de la cubierta superior -o cubierta de botes-, había enganchado uno tras otro todos los pares de pescantes a estribor, doblándolos y arrancándolos, destrozando los botes y desgarrando trincas y aparejos hasta que, mientras el barco se vaciaba, cubrió los restos del naufragio, esparciendo en el hielo de delante y alrededor los últimos y rotos puntales del puente. En esa estructura destrozada con forma de caja, aturdido por la lluvia indiscriminada de objetos en un radio de veinte metros, estaba agachado Rowland, sangrando de un corte en la cabeza y apretando contra su pecho a la pequeña, demasiado asustada para llorar.

Mediante un esfuerzo de voluntad, se levantó y miró a su alrededor. Por lo que pudo distinguir (pues la droga había distorsionado y desenfocado su vista), el barco ya no era más que una mancha en la blanca niebla. Aun así creyó ver hombres trepando y trabajando en los pescantes, y el bote más cercano -el n.° 24- parecía balancearse junto a los aparejos. Entonces la niebla engulló el barco, aunque aún podía determinarse su posición por el ruido del vapor que salía de sus pulmones de hierro. Eso cesó al cabo de un rato, dejando tras de sí los pavorosos aullidos del viento y, cuando estos también se acallaron súbitamente y el silencio subsiguiente fue roto por explosiones sordas y retumbantes -como de compartimentos que reventaran-, Rowland comprendió que el desastre era absoluto, que el invencible Titán, con casi todos sus pasajeros y tripulantes, incapaz de remontar placas y paredes verticales, estaba bajo la superficie del mar.

Sus embotados sentidos habían percibido y registrado mecánicamente las impresiones de los últimos instantes, y no alcanzaba a comprender el horror de todo aquello. Sin embargo, su mente era muy consciente del peligro que podía correr la mujer cuya voz suplicante había oído y reconocido, la mujer de su sueño y madre de la niña que llevaba entre sus brazos. Examinó rápidamente los restos del accidente. No había quedado ni un solo bote intacto. Arrastrándose hasta el borde del agua, gritó pidiendo socorro con todas sus fuerzas a los botes que quizá estuvieran ocultos por la niebla, llamándolos para que vinieran a salvar a la pequeña y buscaran a la mujer que había estado en la cubierta, bajo el puente. Gritó el nombre de la mujer -el que él conocía-, animándola a nadar y a patalear en el agua para flotar entre los restos del naufragio, y a responderle hasta que él la encontrara. Pero no obtuvo respuesta, y cuando su voz se había vuelto ronca de tanto gritar en vano y sus pies se habían entumecido por el hielo derretido, volvió al lugar del accidente, abrumado y vencido por la terrible desolación que había irrumpido hasta tal punto en su vida. La pequeña se echó a llorar y él trató de consolarla.

-Quiero ir con mamá -gimió.

-Calla, cielo, calla -respondió él, cansado y compungido-; yo también, más que nada en este mundo, pero creo que incluso ahora tenemos posibilidades. ¿Tienes frío, pequeña? Vamos dentro, que haré una refugio para nosotros.

Se quitó el abrigo, envolvió con él a la pequeña y, diciéndole que no tuviera miedo, la acomodó en la esquina del puente que reposaba sobre el lado de proa. Al hacerlo se le cayó del bolsillo la botella de whisky. Parecía haber pasado un siglo desde que la encontrara allí, y necesitó un gran esfuerzo mental para recordar su verdadero significado. La levantó para arrojarla a la pendiente helada, pero se detuvo.

«La guardaré», murmuró. «Quizá no sea perjudicial en pequeñas cantidades, y lo necesitaremos en el hielo.» Dejó la botella en una esquina, retiró la cubierta de lona de uno de los botes destrozados y la tendió en el lado expuesto a la intemperie, al final del puente. Luego se arrastró hacia el interior, se puso el abrigo -un capote marinero pensado para alguien más corpulento- y, abrochándolo sobre él y sobre la niña, se recostó en la dura madera. La niña seguía llorando, pero pronto se calmó y se durmió al sentir su calor.

Acurrucado en un rincón, Rowland se abandonó al tormento de sus pensamientos. Dos imágenes se alternaban para torturar su mente; una -a la que su memoria se aferraba como si de un oráculo se tratara-, la de la mujer de su sueño, rogándole que volviera; la otra, la de esa misma mujer, fría y yerta, a varias brazadas de profundidad. Sopesó sus posibilidades. Ella estaba en la escalera del puente, o cerca, y el bote n.° 24, que, casi podía jurarlo, estaba siendo arriado mientras él miraba, habría pasado balanceándose cerca de ella. Ella pudo subirse a él y ser rescatada, a menos que los que habían llegado nadando desde las puertas y escotillas lo hubiesen hundido. En medio de aquellos pensamientos angustiosos, Rowland maldijo a esos náufragos y prefirió imaginarla como la única pasajera del bote, con un guardia de cubierta que la llevaría a lugar seguro.

La potente droga que había tomado todavía le hacía efecto, y eso, junto con el murmullo del mar al romper sobre la playa helada y el eco de los crujidos y chasquidos restallando a su alrededor -la voz del iceberg-, fue venciéndolo hasta que al final se durmió. Despertó al amanecer, con los miembros entumecidos y casi congelados.

Y durante toda la noche, mientras dormía, un bote con el n.° 24 dibujado en la proa, impulsado por robustos marineros y gobernado por oficiales engalanados, se dirigía a la ruta sur, la principal vía del tráfico marítimo en primavera. Y acurrucada en las tillas de popa de aquel bote estaba una mujer suplicante y desconsolada, que lloraba y gritaba a cada tanto por su marido y su hija, incapaz de consolarse, ni siquiera cuando uno de los oficiales le aseguró que la niña estaba a salvo al cuidado de John Rowland, un honrado y valiente marinero que sin duda estaba en otro bote con ella. Naturalmente no le dijo que Rowland les había hecho señales desde el iceberg mientras ella permanecía inconsciente y que, si aún tenía a la pequeña, estaba allí, junto a él… abandonada.

The front page of the April 16, 1912 edition of The New York Times displays coverage of the sinking of the RMS Titanic.

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Tomado de:

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/3039/La_tragedia_del_Titanic-_la_premonici&oacuten_y_el_an&aacutelisis_de_Conrad

Portada-del-Libro-de-Morgan-Robertson-1

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One comment

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